Compras en un comercio del valle, escaneas el código de tu ticket y a veces sale un premio. Lo bueno es dónde se cobra: en OTRO negocio de la red. Un comercio le presta su mostrador al de enfrente.
Pedirle a la gente que compre local es fácil y no funciona: el buen propósito dura hasta la próxima prisa. Lo que sí cambia una costumbre es algo que se sienta el mismo día, en la mano.

La panadería reparte el ticket; el premio se cobra en el cine. El cine sirve algo que él no vendió y que sale de su caja — y al cerrar el mes le aparece un renglón con cada negocio: honraste esto de ellos, ellos honraron esto tuyo, te deben la diferencia.
Esa cuenta se lleva sola y es privada de cada par. No hay ni va a haber un tablón donde el pueblo entero vea quién le debe a quién.
Doce negocios del valle, al 31 de agosto de 2026. Cada uno reparte tickets y honra los premios de los demás.
Valle del Évora
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Y lo que hay que mirar no es el premio: es la última línea de cada tarjeta. Ahí dice en qué mostrador se cobra — y casi nunca es el mismo donde compraste.
La tablet de la Constructora Zúñiga no se gana en el mostrador: se rifa en una fecha, entre quienes juntaron boletos. Es un negocio que paga un premio sin vender nada — pone algo para la gente del valle y se sabe que fue él.
El resto sí sale al momento. Escaneas el código del ticket parado en la banqueta, y si toca, toca.
Una muestra del catálogo de la red — las descripciones son las que escribió cada negocio.
Repartes tickets con código, honras los premios de los demás y ellos honran los tuyos. La cuenta entre negocios se cierra sola al fin del mes, y ves cuánta promesa tuya sigue en la calle sin cobrar.
Comparte el padrón de negocios y la cuenta con PuroÉvora, SaborÉvora y VivaSinaloa. Quien ya entró en uno no vuelve a darse de alta para usar otro: es el mismo teléfono y la misma persona.